Monday, May 26, 2008

¿Por qué "ataques" y no "críticas"?

Por Santiago Dile *
Un mito peligroso viene siendo mencionado desde tapas y titulares de algunos
diarios de los así denominados "serios": el de los "ataques a la prensa".
Estos supuestos "ataques" salen publicados en "la prensa", que denuncia
públicamente a través de sí misma haber sido agredida. "La prensa", que se
pretende reflejo de la realidad, nos habla con su propia voz y -como a
Maradona- le gusta referirse a sí misma en tercera persona.

Esta forma de titular es ya un clásico de la relación de los Kirchner con
ciertos periodistas y medios de prensa, y aparecen toda vez que la
Presidenta o el ex presidente discuten, responden o critican una nota. Son
más habituales desde que el reemplazo de la Ley de Radiodifusión 22.285 de
la dictadura está en la picota, y tienen una particularidad notable:
desnudan la doble condición de los medios de comunicación. Los diarios -y
los medios en general- no son sólo el (principal) terreno donde se
desarrolla la lucha política sino también actores implicados, con intereses
en juego en esa lucha.

Si en esta columna hemos de cazar algún mito, partamos por reconocer que su
construcción reside siempre en el uso de las palabras. Un viejo maestro
vienés de psicología gustaba decir que si se concede en su uso, se acaba
cediendo en todo lo demás. La primera palabra en cuestión son los "ataques".
En el imaginario, el término se asocia con una acción agresiva, y suele
utilizarse en el mundo del deporte y, sobre todo, en aquel del que deriva su
uso, el militar. Ambos tienen en común la puesta en práctica de estrategias
para obtener la victoria frente a un adversario (deportivo, político) o
enemigo (militar).

Una acepción de "ataque" bien puede ser la de "crítica", que sin duda es más
adecuada para definir el intercambio que se viene sucediendo en procura de
la legitimidad discursiva ante la opinión pública. Pero no es lo mismo decir
"ataque" que decir "crítica", porque "ataque" nos introduce en cierto clima
semántico de contienda bélica, más apropiado para encuadrar la acción de
Colombia contra Ecuador o el bombardeo de las oficinas de Al-Jazeera en
Afganistán que para el debate en torno del rol de la prensa en una sociedad
plural y compleja que va consolidando su democracia.

El mito se completa con el uso del sustantivo singular, pero colectivo, "la
prensa". Al publicar que es "la prensa" la que está siendo atacada, esos
diarios escamotean su identidad y solapan sus propios intereses bajo rótulos
institucionales. Me recuerdan a un profesor de sociología del colegio
nacional que imitaba a Franco Macri diciendo "los mercados están nerviosos",
a la vez que de modo ostensible secaba su frente sudada.

Al arrogarse la representatividad de toda "la prensa", estos medios producen
un deslizamiento de la discusión al terreno de la libertad de expresión y el
rol de la prensa como control del gobierno. A través de esa apropiación
semántica pretenden erigirse en guardianes de la democracia, pero las
omisiones son escandolosas: omiten, por un lado, que hay otros diarios con
igualdad de derecho para ser parte de la categoría "prensa". Que no todos
ellos reciben críticas por la forma en que editorializan la información y
construyen la noticia. Y omiten fundamentalmente que, pese a reclamar el
sitial de custodios de la democracia, no tuvieron mayores inconvenientes a
la hora de convivir, apoyar y hacer negocios con nefastas dictaduras,
particularmente la última.

También es discutible que el único rol posible de los medios sea oponerse al
gobierno para constituirse en los "perros guardianes" de la democracia, que
es como la teoría liberal gusta definir a la prensa. Muchas veces el
repiqueteo incesante de medios omnipresentes (en multiplicidad de
plataformas pero con los mismos mensajes) corroe la legitimidad de gobiernos
democráticos, al punto de complicar la gobernabilidad y, en definitiva,
jugar con la continuidad misma de la democracia. Prolongando la metáfora,
cuando el perro guardián tiene rabia y se torna peligroso para el
vecindario, las autoridades tienen al menos la responsabilidad de advertir
"cuidado con el perro".

Un diario es un dispositivo que procesa significados y construye realidades
para consumo de masas, no un mero proveedor de un commodity denominado
información. Un diario es una herramienta cultural que produce y reproduce
ideologías, una matriz potencial de identidades políticas. Consciente o no,
reconocido o no, un diario nunca es independiente. No lo es de sus lectores,
de la comunidad a la que pertenece y ni de su historia. No lo es de sus
anunciantes. Mucho menos, de sus propios intereses corporativos, en especial
cuando estos trascienden la misión periodística.

Una ley de la democracia para regular el rol de los medios debería
contemplar estas cuestiones, privilegiando el derecho primordial de libertad
de expresión pero contrapesándolo con el derecho a la información de
ciudadanos y ciudadanas, que incluye el de conocer quién les habla y en
nombre de qué intereses. De esta manera, el espíritu de la nueva ley de
radiodifusión será superador de ese supuesto "ser nacional" a cuyo nombre se
apropió la identidad de todo un pueblo.

Sartre gustaba decir "somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros".
Stuart Hall, padre de los estudios culturales, algo similar: identidad es
ser y advenir. Para hacer de nosotros un mejor pueblo, para advenir a una
civilidad más justa y racional, es hora de que argentinos y argentinas
elevemos la calidad democrática de los espejos que, diariamente, nos hablan
de nosotros mismos.

* Psicólogo (UBA). Master en Política y Comunicación (LSE).

http://www.pagina12.com.ar/diario/mitologias/27-104844-2008-05-26.html

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